Columna de Opinión: «Salud mental universitaria: Demanda por la humanización de la formación académica»

En mi primer día de universidad, en el baño de mi facultad había una niña llorando desconsolada, porque se encontraban rindiendo exámenes orales y había reprobado un ramo que la atrasaría un año. Su amiga intentaba tranquilizarla, pero ella insistía en que había estudiado mucho, que no merecía haberse quedado en blanco, y que las respuestas no le salieron.

Ahí, pese a mi arrogancia, supe que el asunto se venía complejo. No hubo que esperar mucho para que las/os compañeras/os más grandes nos hablaran acerca de los exámenes orales, de la carga académica, etc. Se normalizaban muchas cosas, que en ese entonces igual normalicé, pasar horas estudiando por las noches, sentir que nunca es suficiente lectura, que nunca llegas lista a dar una prueba, la frustración, la depresión, la ansiedad, el estrés, llorar mientras estudias, usar pastillas para no dormir y/o concentrarse, la displicencia de algunas/os profesoras/es, los viernes de carretes excesivos para “botar el estrés” de la semana, etc. Todo como parte del romanticismo de los sacrificios de estudiar en la universidad. Sacrificios que, a poco andar, vi que no todas/os vivíamos igual.

Porque si, la carga académica es harta, pero pucha que hay diferencia si llegas a tu casa, con tu familia, con fueguito hecho, comida hecha, sin necesidad de trabajar (al menos no para satisfacer cuestiones de primera necesidad), sin preocuparte por el arriendo, por el pasaje, por las fotocopias, sin hijas/os, sin encontrarse en alguna situación de discapacidad, etc. Y entonces, vi también que la mayoría de mis compañeros y compañeras no estábamos en esas condiciones, ni de cerca, la gran mayoría las vemos feas para costearnos las cuestiones anexas a la universidad. Es que es complicado estudiar con hambre, o con frío, o tener menos horas para hacerlo porque hay que trabajar.

Hoy las capas medias y bajas tenemos más opciones de entrar a la universidad, y lo hemos hecho (porque no, no se es pobre por flojera, sino por falta de oportunidades), pero la universidad está estructurada desde y para el privilegio, la carga académica y los servicios que presta están pensados, en buena parte, para el/la estudiante que solo tiene esa preocupación, la de estudiar, que puede dedicar el tiempo necesario para abordar de manera provechosa el trabajo universitario.

Entonces, claro que la carga académica es un factor que incide en el (no) bienestar estudiantil, si analizamos nuestra sociedad y dentro de ella a las y los universitarios, una sociedad hoy precarizada por el modelo, que, guardando las proporciones, tiene mucho de la sociedad del s.XIX, explotada (de maneras más “lúdicas” y “flexibles”), endeudada, alienada… sobreviviendo.

Por eso, entre varias otras razones, cobra tanto sentido la demanda por salud mental dentro del movimiento social por la educación, porque es una problemática transversal, que se agudiza en quienes estamos sometidas/os a un fuerte estrés, pertenecemos a ciertos rangos etarios, socioeconómicos, etc. Porque, contrario a lo que algunas/os han pretendido señalar (hasta con estudios donde muestran el “poco interés” en estudiar, preparar clases, etc.) no “alegamos” desde la flojera y desde querer todo fácil, demandamos estas cuestiones porque queremos rendir, nos queremos titular, queremos devolverle la mano a nuestras familias, a la gente que ha estado ahí, queremos aportarle y retribuirle a esta sociedad, hoy triste y amedrentada, lo que hemos aprendido. Pero no desde la exigencia de sudor y lágrimas para lograrlo (que son reales y lo he visto más de una vez), sino desde la humanización de nuestra formación.

Camila Robles Soto

Presidenta Centro de Estudiantes de Derecho, Universidad Austral de Chile, Sede Valdivia.

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